La conducción autónoma está rota. Y las aseguradoras son la primera señal clara: han estado saliendo del mercado en silencio porque la tecnología no es lo suficientemente fiable para valorar el riesgo con precisión.
Cuando las aseguradoras dejan de asegurar una tecnología, no es porque estén siendo difíciles. Es porque los perfiles de riesgo son demasiado inciertos para calcularlos. El Full Self-Driving de Tesla, los robotaxis de Waymo, el cierre de Cruise: todos comparten el mismo problema: nadie puede predecir con fiabilidad lo que harán sus coches autónomos en cada situación.
El FSD de Tesla ha acumulado millones de millas de datos de conducción autónoma. Y aun así, la intervención humana ha sido necesaria con mucha más frecuencia de la deseada. Waymo opera robotaxis, pero solo en un puñado de ciudades, en condiciones controladas y con operadores remotos listos para intervenir. Cruise se retiró de todo el mercado tras violaciones de seguridad. El balance no es prometedor.
Los seguros funcionan porque los actuarios pueden calcular el riesgo basándose en datos históricos. Con la conducción autónoma, los datos históricos no existen: la tecnología es demasiado nueva y los escenarios límite son demasiado numerosos. No puedes valorar el riesgo de que un coche autónomo cometa un error inusual, porque los errores inusuales son precisamente lo que los convierte en errores.
Estamos a años de unos vehículos totalmente autónomos capaces de operar en todas partes y a cualquier hora sin que las aseguradoras entren en pánico. Las empresas que los venden ahora están comercializando una tecnología que aún no está del todo lista para el gran público. El futuro es real. El calendario, no.